miércoles, junio 02, 2004
EL CÓDIGO
Llevaba allí ya más de un lustro trabajando en él, pero sin tocarlo. El equilibrio era
tan frágil, su estructura tan compleja, su comprensión completa, humanamente inalcanzable. Al principio ni siquiera pudo leerlo, en aquel lenguaje arcano. Debieron pasar casi cinco años, para que ya despojado de las cadenas de su cultura pudiese abrir su concepción a aquel método lógico. Las líneas y las formas geométricas comenzaron a cobrar sentido por sí solas y pudo traducirlas a simples sentencias lógicas.
Aún más arduo, sin embargo, fue el proceso de interrelacionarlas. Las líneas, a veces rectas y otras curvas, de una gama de colores tan amplia, a menudo conectaban varios objetos y otras veces simplemente flotaban en medio de nada. Tardó bastante en comprender que parte del código era simplemente obviado, sobreentendido.
Aquellas líneas sin fin terminaban en otra estructura idéntica a la que él estudiaba.
Estas relaciones a veces eran reflexivas, otras recíprocas y de vez en cuando simplemente
carecían de sentido, eran actos inconclusos.
Una vez comprendido el lenguaje de signos, divagó por él durante más de veinte años, leyéndolo, interpretándolo, comprendiéndolo. La sencuencia de acciones era interminable, y cada una de ellas desataba infinitas reacciones. Unos objetos llamaban a otros, que llamaban a otros, que llamaban a otros. Y todo tenía sentido: mediante el uso de aquella morfología toda posible sentencia siempre poseía corrección sintáctica y se acomodaba en la arquitectura del código.
Un día se sorprendió a sí mismo intuyéndolo. Ya no le resultaba totalmente necesario leerlo sino que podía preveer las consecuencias a las acciones de ciertos objetos, la sucesión de reacciones a una simple acción. No siempre acertaba, pues el código tenía la facultad de incluir un limitado factor aleatorio. No obstante, con el paso del tiempo, cada vez era mayor el número de sus aciertos, y menores sus errores. Aunque también mayor comenzaba a ser su lentitud en movimientos; comenzaba a necesitar más tiempo para navegar por el código.
Y llegó por fín el momento en el que se sintió capaz de trascribir sus propios pensamientos, sentimientos y acciones. De incluir parte de él en la creación. Era el momento de abandonar el lado del lector y convertirse en creador. No sabía por dónde empezar, tenía tantas cosas que crear, tanto legado que ofrecer. Todos esos años en el código le habían enseñado muchas cosas, y ahora que poseía todo aquel conocimiento se sentía prácticamente un dios.
Se decidió: crearía un nuevo sentimiento. Tomó varios objetos básicos, los moldeó para
que tuvieran el significado adecuado y dibujó varias líneas en el aire, con las que relaccionó los objetos. Tomó su en principio simple construcción y se dispuso a añadirla al código. Sería nada más que un grano de arena en una playa, un diferencial dentro de la magnificiencia del código. Y al acercar una línea inconclusa del código a su artefacto, en el justo instante de la verdadera creación, sintió morirse, y se convirtió él también en código.
Llevaba allí ya más de un lustro trabajando en él, pero sin tocarlo. El equilibrio era
tan frágil, su estructura tan compleja, su comprensión completa, humanamente inalcanzable. Al principio ni siquiera pudo leerlo, en aquel lenguaje arcano. Debieron pasar casi cinco años, para que ya despojado de las cadenas de su cultura pudiese abrir su concepción a aquel método lógico. Las líneas y las formas geométricas comenzaron a cobrar sentido por sí solas y pudo traducirlas a simples sentencias lógicas.
Aún más arduo, sin embargo, fue el proceso de interrelacionarlas. Las líneas, a veces rectas y otras curvas, de una gama de colores tan amplia, a menudo conectaban varios objetos y otras veces simplemente flotaban en medio de nada. Tardó bastante en comprender que parte del código era simplemente obviado, sobreentendido.
Aquellas líneas sin fin terminaban en otra estructura idéntica a la que él estudiaba.
Estas relaciones a veces eran reflexivas, otras recíprocas y de vez en cuando simplemente
carecían de sentido, eran actos inconclusos.
Una vez comprendido el lenguaje de signos, divagó por él durante más de veinte años, leyéndolo, interpretándolo, comprendiéndolo. La sencuencia de acciones era interminable, y cada una de ellas desataba infinitas reacciones. Unos objetos llamaban a otros, que llamaban a otros, que llamaban a otros. Y todo tenía sentido: mediante el uso de aquella morfología toda posible sentencia siempre poseía corrección sintáctica y se acomodaba en la arquitectura del código.
Un día se sorprendió a sí mismo intuyéndolo. Ya no le resultaba totalmente necesario leerlo sino que podía preveer las consecuencias a las acciones de ciertos objetos, la sucesión de reacciones a una simple acción. No siempre acertaba, pues el código tenía la facultad de incluir un limitado factor aleatorio. No obstante, con el paso del tiempo, cada vez era mayor el número de sus aciertos, y menores sus errores. Aunque también mayor comenzaba a ser su lentitud en movimientos; comenzaba a necesitar más tiempo para navegar por el código.
Y llegó por fín el momento en el que se sintió capaz de trascribir sus propios pensamientos, sentimientos y acciones. De incluir parte de él en la creación. Era el momento de abandonar el lado del lector y convertirse en creador. No sabía por dónde empezar, tenía tantas cosas que crear, tanto legado que ofrecer. Todos esos años en el código le habían enseñado muchas cosas, y ahora que poseía todo aquel conocimiento se sentía prácticamente un dios.
Se decidió: crearía un nuevo sentimiento. Tomó varios objetos básicos, los moldeó para
que tuvieran el significado adecuado y dibujó varias líneas en el aire, con las que relaccionó los objetos. Tomó su en principio simple construcción y se dispuso a añadirla al código. Sería nada más que un grano de arena en una playa, un diferencial dentro de la magnificiencia del código. Y al acercar una línea inconclusa del código a su artefacto, en el justo instante de la verdadera creación, sintió morirse, y se convirtió él también en código.