miércoles, mayo 19, 2004
UTOPIA
Desperté, y allí estaban ellos. Nunca supe cómo había llegado allí.
Ella, con un pelo largo, ondulado, despeinado, algunos mechones oscuros,
otros claros. Portaba un extraño gorro de estilo militar negro, se movía de
forma suntuosa, a veces suave y delicada, otras obscena y descarada. Mezcla
de belleza, de bondad, de puerilidad y a la vez agresiva en su mirada, desafiante.
Sus botas largas de cuero negro sobrepasaban escasamente sus rodillas. Sus piernas
eran delgadas y largas, y se dejaban ver por completo desde el fin de las botas hasta
unas bragas negras, único velo de su intimidad. Su cuerpo era estilizamente voluptuoso, y su pecho se dejaba entrever, bajo un sujetador de evidentes trasparencias, tras el pronunciado escote palabra de honor.
Y nunca había visto un ser de tan digna y desafiante extravagancia. Un angel asesino. Pero no era humana: de su parte posterior sobresalía una larga cola rubia, como la de un caballo, de un pelo idéntico al de su cabellera. Sobrenatural, su voz limpia, potente, cristalina, cortaba el silencio de repente, emitiendo agudos sonidos de una nitided nunca antes escuchada.
Parecía no saber hablar, o no quererlo, y se limitaba a mirarme, desde una falsa inocencia y pronunciar aquellos sonidos, desde el cielo, o tal vez desde el infierno. Poseía el lugar, poseía el poder, me poseía a mí, con tal omnipotencia que no opuse resistencia alguna. Me dejé llevar por su fuerza hasta donde ella quiso, suavemente, vergonzosamente, lujuriosamente.
No estaba sola, le rodeaban otros como ella. Porque eran como ella, aunque no se parecían en nada a ella. Sin embargo se sentían igual, se percibía su poder, su superioridad, como entes de otra especia sobrehumana. Y no eran súbditos de ella, eran compañeros, eran iguales, que simplemente ejecutaban su papel, ocupaban su lugar, girando entorno a ella en espiral, dotando de una fuerza creciente a su centro de gravedad, a ella, el elemento que los unía, que los hacía posibles, que los dotaba de sentido.
Uno de ellos, alto, de rasgos duros, cortantes, miraba para dentro de sí. Yacía en una insimismación total en su sensibilidad. Vestía completamente de negro y en uno de los laterales de sus pantalones figuraba una serpiente de afilados colmillos. Parecía algo mayor, y no obstante, repleto de vigorosidad, de fuerza. Emanaba seguridad por sus ojos, lejanos, observando aquella realidad tal vez desde aún otra realidad más irreal.
Tapaba su cabeza con un sobrero negro, de jazzmen, curvado de medio lado, que le dotaba de una misteriosidad si cabe mayor. Portaba un largo instrumento de un diferente blanco transparente, como de metacrilato, sobre el que se erigían varias cuerdas de plata. Con él se comunicaba y también él parecía no haber hablado desde hacía años. Acto tan terrenal, las palabras serían instrumento de vacua utilidad para él. Se mostraba en sí mismo, y con su presencia sus pensamientos, y con sus pensamientos su ser, completo, su sentir sobre todo lo que le rodeaba.
El tercero, también hombre, si es que realmente tuvieran género, desprendía destellos de divinidad. Con una larga melena y barba castañas difícilmente se adininaban sus rasgos redondeados. Una larga túnica marrón oscuro le cubría por completo escondiendo su gran corpulencia, y dejando solamente a la vista sus pies desnudos levitantes sobre el suelo.
Sobre la túnica, y colgando de su cuello, un collar de oro, enorme, formaba un desconocido símbolo sobre su pecho, tal vez el de una lejana constelación, pues simulaba el de un inexistente signo zodiacal. Sonreía, y no sé cómo, pues su cara no mostraba expresión alguna. Era una sonrisa interna, tal vez simplemente evidente a través de sus ojos, que brillaban con majestuosidad, con benevolencia, con eterna benevolencia. Era portador de un misterio, de un saber, de una ciencia distinta, y con ella comprendía la naturaleza, me comprendía, nos comprendía a todos. Desde la altura en la que flotaba a veces asía un violín, lo colocaba cuidadosa, pero decididamente sobre su hombro y tocaba mágicas melodías. Con ellas extendía su paz sobre aquel lugar, y se bastaba con éso, como si aquella fuera su misión.
La otra mujer del peculiar grupo, era increíblemente bella. Su cortísima falda terminaba en unos muslos firmes, atractivos, sensuales. Alta, se apoyaba sobre un conjunto de extrañas máquinas. Se movía ligeramente, al son del ritmo de aquel nuevo mundo, un son que completaba aquella realidad, pero que se percibía a través de un nuevo sentido. Porque allí, los cinco sentidos humanos se multiplicaban, tal vez por mil, quizá infinitamente, uniéndose en una nueva sensibilidad, formando un todo que excedía los límites del oído, del olfato, del gusto, del tacto, de la vista. El son se poseía,
y al mismo tiempo te poseía a tí. El son penetraba en mí, mientras yo penetraba en él. Y en aquel fluído inmaterial me sentía fusionar con ellos, como esencias de un solo alimento que llenaba mi paladar. Percibiéndolos a cada uno de ellos por separado y percibiéndolos también como un todo, del que yo también, de alguna manera, formaba parte. Dentro de la atomicidad de aquel sabor, degustaba también a la mujer de las máquinas, con su larga y lisa melena pelirroja, con su fragancia, con su larga y copiosa boa de seda roja rodeando su cuello, con su testura de pimienta y su olor.
El grupo lo completaba otro hombre, al que apenas podía ver, aporreando mil instrumentos en la oscuridad.
Allí estábamos los cinco, y sentía que por fín los había encontrado, cuando, sin embargo, nunca los había buscado. Cómo, desde mi humilde verdad podría haber imaginado tales seres, tal superioridad, tal divinidad. Pero una divinidad verdadera, natural, de la que ellos eran más que conscientes, de la que alardeaban, y que utilizaban para hacernos ver más allá, para darnos un completo placer, mostrándonos otro camino al de la frivolidad, una otra vida inmaterial, riéndose a carcajadas de nuestros terrenales placeres. Inalcanzables, intocables, ellos me hacían percibir, tal vez solo levemente,
lo que ellos eran capaces de sentir y desde aquella humillante inferioridad me provocaban envidia, me hacían desear ser como ellos, cómo nunca antes había deseado algo. Se lo quise hacer saber y quise gritarles que me quedaría con ellos, y en este
mero acto demostré evidentemente que no era como ellos. Ellos no necesitaban gritar, no necesitaban de nadie más, no necesitaban estar en ningún lugar... probablemente no estaban en ningún lugar. Bastaban en sí mismos. En sí mismos transformaban el lugar; ellos solos transformaban la realidad, volviéndola suya, tornándola parte de ellos, dominándola y a la vez despreciándola.
De modo que se marcharon, y me dejaron de nuevo solo, o mejor dicho, por primera vez solo. Porque sentir su marcha desgarró en mí un vacío que tal vez no logre volver a llenar. Quisiera dormir... y al despertar volver a estar con ellos, o todavía más, despertar como ellos, y modular mi espacio con mi ser y sentir de nuevo aquel placer, y hacérselo sentir a aquellos que me rodeasen, para que todos supieran de esta otra nueva sensibilidad, para que aprendieran todos de ella, para poder ser todos una sola cosa y para que al fin nos entendiésemos, y nos amasemos, con este nuevo amor.
Desperté, y allí estaban ellos. Nunca supe cómo había llegado allí.
Ella, con un pelo largo, ondulado, despeinado, algunos mechones oscuros,
otros claros. Portaba un extraño gorro de estilo militar negro, se movía de
forma suntuosa, a veces suave y delicada, otras obscena y descarada. Mezcla
de belleza, de bondad, de puerilidad y a la vez agresiva en su mirada, desafiante.
Sus botas largas de cuero negro sobrepasaban escasamente sus rodillas. Sus piernas
eran delgadas y largas, y se dejaban ver por completo desde el fin de las botas hasta
unas bragas negras, único velo de su intimidad. Su cuerpo era estilizamente voluptuoso, y su pecho se dejaba entrever, bajo un sujetador de evidentes trasparencias, tras el pronunciado escote palabra de honor.
Y nunca había visto un ser de tan digna y desafiante extravagancia. Un angel asesino. Pero no era humana: de su parte posterior sobresalía una larga cola rubia, como la de un caballo, de un pelo idéntico al de su cabellera. Sobrenatural, su voz limpia, potente, cristalina, cortaba el silencio de repente, emitiendo agudos sonidos de una nitided nunca antes escuchada.
Parecía no saber hablar, o no quererlo, y se limitaba a mirarme, desde una falsa inocencia y pronunciar aquellos sonidos, desde el cielo, o tal vez desde el infierno. Poseía el lugar, poseía el poder, me poseía a mí, con tal omnipotencia que no opuse resistencia alguna. Me dejé llevar por su fuerza hasta donde ella quiso, suavemente, vergonzosamente, lujuriosamente.
No estaba sola, le rodeaban otros como ella. Porque eran como ella, aunque no se parecían en nada a ella. Sin embargo se sentían igual, se percibía su poder, su superioridad, como entes de otra especia sobrehumana. Y no eran súbditos de ella, eran compañeros, eran iguales, que simplemente ejecutaban su papel, ocupaban su lugar, girando entorno a ella en espiral, dotando de una fuerza creciente a su centro de gravedad, a ella, el elemento que los unía, que los hacía posibles, que los dotaba de sentido.
Uno de ellos, alto, de rasgos duros, cortantes, miraba para dentro de sí. Yacía en una insimismación total en su sensibilidad. Vestía completamente de negro y en uno de los laterales de sus pantalones figuraba una serpiente de afilados colmillos. Parecía algo mayor, y no obstante, repleto de vigorosidad, de fuerza. Emanaba seguridad por sus ojos, lejanos, observando aquella realidad tal vez desde aún otra realidad más irreal.
Tapaba su cabeza con un sobrero negro, de jazzmen, curvado de medio lado, que le dotaba de una misteriosidad si cabe mayor. Portaba un largo instrumento de un diferente blanco transparente, como de metacrilato, sobre el que se erigían varias cuerdas de plata. Con él se comunicaba y también él parecía no haber hablado desde hacía años. Acto tan terrenal, las palabras serían instrumento de vacua utilidad para él. Se mostraba en sí mismo, y con su presencia sus pensamientos, y con sus pensamientos su ser, completo, su sentir sobre todo lo que le rodeaba.
El tercero, también hombre, si es que realmente tuvieran género, desprendía destellos de divinidad. Con una larga melena y barba castañas difícilmente se adininaban sus rasgos redondeados. Una larga túnica marrón oscuro le cubría por completo escondiendo su gran corpulencia, y dejando solamente a la vista sus pies desnudos levitantes sobre el suelo.
Sobre la túnica, y colgando de su cuello, un collar de oro, enorme, formaba un desconocido símbolo sobre su pecho, tal vez el de una lejana constelación, pues simulaba el de un inexistente signo zodiacal. Sonreía, y no sé cómo, pues su cara no mostraba expresión alguna. Era una sonrisa interna, tal vez simplemente evidente a través de sus ojos, que brillaban con majestuosidad, con benevolencia, con eterna benevolencia. Era portador de un misterio, de un saber, de una ciencia distinta, y con ella comprendía la naturaleza, me comprendía, nos comprendía a todos. Desde la altura en la que flotaba a veces asía un violín, lo colocaba cuidadosa, pero decididamente sobre su hombro y tocaba mágicas melodías. Con ellas extendía su paz sobre aquel lugar, y se bastaba con éso, como si aquella fuera su misión.
La otra mujer del peculiar grupo, era increíblemente bella. Su cortísima falda terminaba en unos muslos firmes, atractivos, sensuales. Alta, se apoyaba sobre un conjunto de extrañas máquinas. Se movía ligeramente, al son del ritmo de aquel nuevo mundo, un son que completaba aquella realidad, pero que se percibía a través de un nuevo sentido. Porque allí, los cinco sentidos humanos se multiplicaban, tal vez por mil, quizá infinitamente, uniéndose en una nueva sensibilidad, formando un todo que excedía los límites del oído, del olfato, del gusto, del tacto, de la vista. El son se poseía,
y al mismo tiempo te poseía a tí. El son penetraba en mí, mientras yo penetraba en él. Y en aquel fluído inmaterial me sentía fusionar con ellos, como esencias de un solo alimento que llenaba mi paladar. Percibiéndolos a cada uno de ellos por separado y percibiéndolos también como un todo, del que yo también, de alguna manera, formaba parte. Dentro de la atomicidad de aquel sabor, degustaba también a la mujer de las máquinas, con su larga y lisa melena pelirroja, con su fragancia, con su larga y copiosa boa de seda roja rodeando su cuello, con su testura de pimienta y su olor.
El grupo lo completaba otro hombre, al que apenas podía ver, aporreando mil instrumentos en la oscuridad.
Allí estábamos los cinco, y sentía que por fín los había encontrado, cuando, sin embargo, nunca los había buscado. Cómo, desde mi humilde verdad podría haber imaginado tales seres, tal superioridad, tal divinidad. Pero una divinidad verdadera, natural, de la que ellos eran más que conscientes, de la que alardeaban, y que utilizaban para hacernos ver más allá, para darnos un completo placer, mostrándonos otro camino al de la frivolidad, una otra vida inmaterial, riéndose a carcajadas de nuestros terrenales placeres. Inalcanzables, intocables, ellos me hacían percibir, tal vez solo levemente,
lo que ellos eran capaces de sentir y desde aquella humillante inferioridad me provocaban envidia, me hacían desear ser como ellos, cómo nunca antes había deseado algo. Se lo quise hacer saber y quise gritarles que me quedaría con ellos, y en este
mero acto demostré evidentemente que no era como ellos. Ellos no necesitaban gritar, no necesitaban de nadie más, no necesitaban estar en ningún lugar... probablemente no estaban en ningún lugar. Bastaban en sí mismos. En sí mismos transformaban el lugar; ellos solos transformaban la realidad, volviéndola suya, tornándola parte de ellos, dominándola y a la vez despreciándola.
De modo que se marcharon, y me dejaron de nuevo solo, o mejor dicho, por primera vez solo. Porque sentir su marcha desgarró en mí un vacío que tal vez no logre volver a llenar. Quisiera dormir... y al despertar volver a estar con ellos, o todavía más, despertar como ellos, y modular mi espacio con mi ser y sentir de nuevo aquel placer, y hacérselo sentir a aquellos que me rodeasen, para que todos supieran de esta otra nueva sensibilidad, para que aprendieran todos de ella, para poder ser todos una sola cosa y para que al fin nos entendiésemos, y nos amasemos, con este nuevo amor.
miércoles, mayo 12, 2004
EL POLVO
Se acumula en todas partes. En los rincones más insolitos: sobre los muebles, sobre los libros, en las fotos. Como un poseso tomo la balleta e intento eliminarlo, disuadirlo. Pero es en vano, una batalla perdida. Escoba en mano quito esa pelusa de debajo de la cama sabiendo que volverá a aparecer, pronto. Y va cubriendo todas esas cosas que son importantes, nublándolas, haciéndolas desaparecer.
El polvo se amontona, miles y miles de pequeñas partículas, una sobre otra, inexorablemente. Veo como entran por la ventana, flotando en un haz de luz. Y en la eterna pelea se sabe vencedor. Me daré por vencido y cubrirá toda mi vida, y un día dejaré de ver todo lo que tapa, y mi habitación será otra, y mis cosas distintas. Y ya no podré encontrar el tiempo pasado bajo esas montañas. Viviré sobre montañas de polvo,
donde construiré mi nueva habitación, colocaré mis nuevas fotos, mis nuevos libros, mis últimos recuerdos.
Mi viejo cuarto quedará lapidado, cimiento de mi nuevo estar, imposible sin su sustento. Me imagino al final, orgulloso de mi moderna construcción, tomando asiento frente a la limpia ventana, descansando tras tan ardua tarea, contemplando como el polvo, indiferente,
sigue entrando en mi vida.
Se acumula en todas partes. En los rincones más insolitos: sobre los muebles, sobre los libros, en las fotos. Como un poseso tomo la balleta e intento eliminarlo, disuadirlo. Pero es en vano, una batalla perdida. Escoba en mano quito esa pelusa de debajo de la cama sabiendo que volverá a aparecer, pronto. Y va cubriendo todas esas cosas que son importantes, nublándolas, haciéndolas desaparecer.
El polvo se amontona, miles y miles de pequeñas partículas, una sobre otra, inexorablemente. Veo como entran por la ventana, flotando en un haz de luz. Y en la eterna pelea se sabe vencedor. Me daré por vencido y cubrirá toda mi vida, y un día dejaré de ver todo lo que tapa, y mi habitación será otra, y mis cosas distintas. Y ya no podré encontrar el tiempo pasado bajo esas montañas. Viviré sobre montañas de polvo,
donde construiré mi nueva habitación, colocaré mis nuevas fotos, mis nuevos libros, mis últimos recuerdos.
Mi viejo cuarto quedará lapidado, cimiento de mi nuevo estar, imposible sin su sustento. Me imagino al final, orgulloso de mi moderna construcción, tomando asiento frente a la limpia ventana, descansando tras tan ardua tarea, contemplando como el polvo, indiferente,
sigue entrando en mi vida.