sábado, junio 25, 2005
Mirando recuerdos en mis lágrimas he visto aquellos momentos que nunca olvidaré.
Las sensaciones que como sabores fuertes puedo saborear una y otra vez en mi paladar.
La soledad vestida de tu ausencia me acompaña todo el día y ya no puedo ni siquiera reconocerme contigo.
Aunque tal vez, en un solo segundo, pudiera volver a ser aquel enamorado.
Las lágrimas han llegado al mar y han golpeado con furiosas olas la playa de mi serenidad, dejando cantos que duelen al andar.
Dónde dejé aquellos fuertes pies que caminaban sin cesar y aquella curada piel que viajaba sin
protección.
Las sensaciones que como sabores fuertes puedo saborear una y otra vez en mi paladar.
La soledad vestida de tu ausencia me acompaña todo el día y ya no puedo ni siquiera reconocerme contigo.
Aunque tal vez, en un solo segundo, pudiera volver a ser aquel enamorado.
Las lágrimas han llegado al mar y han golpeado con furiosas olas la playa de mi serenidad, dejando cantos que duelen al andar.
Dónde dejé aquellos fuertes pies que caminaban sin cesar y aquella curada piel que viajaba sin
protección.
martes, junio 14, 2005
Hoy he despertado encontrando el puzzle de mi yo destruído.
Alquien, quizá durante la noche, lo ha desarmado, de un simple manotazo, haciendo saltar
todas las piezas cuidadosamente colocadas en un caos total. Me he sentado a la mesa, después de recoger todas las piezas que he encontrado en el suelo y he comenzado ha reconstruirlo desde el principio. Una vez más: no es la primera vez.
He comenzado por mis principios, mis ideales, mis bases. Sólo mis sueños no encajaban ahora.
El entramado se volvía demasiado complejo.
He continuado por mis sentimientos. La pieza de la pasión la debí perder aquella noche tórrida
de verano. La lealtad estaba manida y desgastada, parecía dejar sobrar pequeños huecos de
tanto uso. La esperanza, encarnada en varios trozos de verde y limpia hierba, todavía se
mantenían intacta. Sin embargo, rodeándola parecían encajar perfectamente horribles muros
de gris hormigón. Hallé todas las piezas de la amistad pero ya no querían estar unidas. Unas las tuve que colocar en un extremo, junto al mar, otras en el otro, en el seco desierto de la lejanía.
El dolor, cristales rojos y afilados, venían pefectos para salpicar en múltiples lugares la
blanca playa de la serenidad. El valor y lo desconocido golpeaban en forma de violentas olas un abrupto, peligroso pero bello barranco llamado soledad.
Me dí cuenta de que me faltaban muchas piezas, que en otros tiempos habían completado importantes vacíos. El amor no lo encontré. Antaño eran flores al borde de la orilla y un aroma de felicidad.
El puzzle estaba imcompleto. Tal vez, aquel que con un golpe lo rompió me robase algunas piezas,
aquellas las más preciadas, retándome a encontrarlas nuevas.
He dado vueltas por toda la casa, después por todo el edificio, después por toda la ciudad.
Tampoco en el oscuro bosque las he encontrado. Me he sumergido en el mar. He buscado sobre
el agua por si alguna pieza flotase perdida en busca de alguna otra isla donde atracar. He
buceado hasta el fondo y bajo unas ruidas de un viejo coche oxidado he encontrado dos piezas.
Una era un sueño: aquel en el que reíamos jugando con nuestros cuerpos. La otra era una ilusión:
la de pasar toda la vida juntos. Estaban empapadas y descoloridas. Habían ya perdido sus definidas formas, de modo que comprendí que ya nunca más me servirían.
De vuelta en tierra me he sentado, en el suelo. El terreno era blando y mis manos fuertes. Al
principio desintencionadamente, después con gran afán he arrancado las plantas superficiales
y arañando las piedras he excavado. Primero un pequeño agujero, luego un tunel. Tras largas
horas de oscuridad, de axfisiada respiración, de tierra en la boca, de vista cansada, la
he encontrado. De algún modo intuí que estaba ahí: una pequeñísima pieza azul, la ilusión.
He vuelto a casa. El puzzle de mi yo seguían como lo había dejado por la mañana. Ya era de
noche. Coloqué todas las piezas que había encontrado en el mar y en la tierra y aún estaba
incompleto. Estaba cansado y ya no sabía donde buscar.
Bien, sólo me quedaba un lugar. Me he desnudado completamente, me he tumbado en el suelo y
he comenzado. Al principio fue difícil. Coger mi pie, alcanzármelo hasta la boca y empezar
a tragarlo. Después la pantorrilla, la rodilla, el muslo. Me he tragado toda mi pierna derecha.
Luego, la izquierda. Más tarde mis genitales, mi pene, mi estómago, todo mi cuerpo, mi cuello
y mi cabeza. Hasta el último pelo de mi coronilla. He nadado por mí. Todo era cálido y suave,
confortable y conocido. Allí dentro se estaba bien. Sin cuerpo, sin mente, sin mí, tras
recorrer hasta el último rincón, tras conocerme más incluso que mi creación, he destruído
aquello sucio y corroído y he comenzado a vomitarme, nuevo, limpio, fuerte, bravo, luchador.
He caído dormido. Cuando he despertado el puzzle de mi yo estaba completo. Todas las piezas
colcocadas formaban el más bello paisaje que jamás hubiera visto, aquél que había sido secreto
guardado por los imponentes dólmenes pilares de mi ser.
El paisaje demostraba un maravilloso equilibrio, de formas y de colores, de simetrías y asimetrías, de rectas y curvas, de sabor, olor, tacto y gusto. La perfección que es concebida como ser humano al nacer. Sin embargo, faltaba algo. Una pieza en forma de estrella no había sido colocada en su lugar, en el centro de la creación, en el principio y final del puzzle de mi yo. Reí, a carcajadas, ¿cómo no me había dado cuenta?
El rompecabezas era perfecto pero esperaba ser ilumindado, yaciendo en la oscuridad para ser
despertado. Le faltaba... la luz. La luz que le permitiera brillar y ser descubierto. Al fin
y al cabo la luz que le permitiera ser, que me permitiera ser.
Esa pieza final, esencial, completadora, infinita era el amor. Esa pieza, final en mi principio,
principio en tu final la tienes tú.
Te llamaré hoy, para tomar un café, por favor, traémela.
Malvarrosa, Valencia. 8/5/5
Alquien, quizá durante la noche, lo ha desarmado, de un simple manotazo, haciendo saltar
todas las piezas cuidadosamente colocadas en un caos total. Me he sentado a la mesa, después de recoger todas las piezas que he encontrado en el suelo y he comenzado ha reconstruirlo desde el principio. Una vez más: no es la primera vez.
He comenzado por mis principios, mis ideales, mis bases. Sólo mis sueños no encajaban ahora.
El entramado se volvía demasiado complejo.
He continuado por mis sentimientos. La pieza de la pasión la debí perder aquella noche tórrida
de verano. La lealtad estaba manida y desgastada, parecía dejar sobrar pequeños huecos de
tanto uso. La esperanza, encarnada en varios trozos de verde y limpia hierba, todavía se
mantenían intacta. Sin embargo, rodeándola parecían encajar perfectamente horribles muros
de gris hormigón. Hallé todas las piezas de la amistad pero ya no querían estar unidas. Unas las tuve que colocar en un extremo, junto al mar, otras en el otro, en el seco desierto de la lejanía.
El dolor, cristales rojos y afilados, venían pefectos para salpicar en múltiples lugares la
blanca playa de la serenidad. El valor y lo desconocido golpeaban en forma de violentas olas un abrupto, peligroso pero bello barranco llamado soledad.
Me dí cuenta de que me faltaban muchas piezas, que en otros tiempos habían completado importantes vacíos. El amor no lo encontré. Antaño eran flores al borde de la orilla y un aroma de felicidad.
El puzzle estaba imcompleto. Tal vez, aquel que con un golpe lo rompió me robase algunas piezas,
aquellas las más preciadas, retándome a encontrarlas nuevas.
He dado vueltas por toda la casa, después por todo el edificio, después por toda la ciudad.
Tampoco en el oscuro bosque las he encontrado. Me he sumergido en el mar. He buscado sobre
el agua por si alguna pieza flotase perdida en busca de alguna otra isla donde atracar. He
buceado hasta el fondo y bajo unas ruidas de un viejo coche oxidado he encontrado dos piezas.
Una era un sueño: aquel en el que reíamos jugando con nuestros cuerpos. La otra era una ilusión:
la de pasar toda la vida juntos. Estaban empapadas y descoloridas. Habían ya perdido sus definidas formas, de modo que comprendí que ya nunca más me servirían.
De vuelta en tierra me he sentado, en el suelo. El terreno era blando y mis manos fuertes. Al
principio desintencionadamente, después con gran afán he arrancado las plantas superficiales
y arañando las piedras he excavado. Primero un pequeño agujero, luego un tunel. Tras largas
horas de oscuridad, de axfisiada respiración, de tierra en la boca, de vista cansada, la
he encontrado. De algún modo intuí que estaba ahí: una pequeñísima pieza azul, la ilusión.
He vuelto a casa. El puzzle de mi yo seguían como lo había dejado por la mañana. Ya era de
noche. Coloqué todas las piezas que había encontrado en el mar y en la tierra y aún estaba
incompleto. Estaba cansado y ya no sabía donde buscar.
Bien, sólo me quedaba un lugar. Me he desnudado completamente, me he tumbado en el suelo y
he comenzado. Al principio fue difícil. Coger mi pie, alcanzármelo hasta la boca y empezar
a tragarlo. Después la pantorrilla, la rodilla, el muslo. Me he tragado toda mi pierna derecha.
Luego, la izquierda. Más tarde mis genitales, mi pene, mi estómago, todo mi cuerpo, mi cuello
y mi cabeza. Hasta el último pelo de mi coronilla. He nadado por mí. Todo era cálido y suave,
confortable y conocido. Allí dentro se estaba bien. Sin cuerpo, sin mente, sin mí, tras
recorrer hasta el último rincón, tras conocerme más incluso que mi creación, he destruído
aquello sucio y corroído y he comenzado a vomitarme, nuevo, limpio, fuerte, bravo, luchador.
He caído dormido. Cuando he despertado el puzzle de mi yo estaba completo. Todas las piezas
colcocadas formaban el más bello paisaje que jamás hubiera visto, aquél que había sido secreto
guardado por los imponentes dólmenes pilares de mi ser.
El paisaje demostraba un maravilloso equilibrio, de formas y de colores, de simetrías y asimetrías, de rectas y curvas, de sabor, olor, tacto y gusto. La perfección que es concebida como ser humano al nacer. Sin embargo, faltaba algo. Una pieza en forma de estrella no había sido colocada en su lugar, en el centro de la creación, en el principio y final del puzzle de mi yo. Reí, a carcajadas, ¿cómo no me había dado cuenta?
El rompecabezas era perfecto pero esperaba ser ilumindado, yaciendo en la oscuridad para ser
despertado. Le faltaba... la luz. La luz que le permitiera brillar y ser descubierto. Al fin
y al cabo la luz que le permitiera ser, que me permitiera ser.
Esa pieza final, esencial, completadora, infinita era el amor. Esa pieza, final en mi principio,
principio en tu final la tienes tú.
Te llamaré hoy, para tomar un café, por favor, traémela.
Malvarrosa, Valencia. 8/5/5
Phrases
What you live is what you think; indeed, what you are.
Old people feel a different time-spending; they live in the present, but
also in the past, so each minute they feel, two minutes takes.
In the END, what really matters is
how well did you live,
how well did you love
and
how well did you learn to let go.
What you live is what you think; indeed, what you are.
Old people feel a different time-spending; they live in the present, but
also in the past, so each minute they feel, two minutes takes.
In the END, what really matters is
how well did you live,
how well did you love
and
how well did you learn to let go.
jueves, junio 09, 2005
La amenaza del tigre
Anoche me atacó un tigre mientras dormía. Después de pelear con él durante
algunos segundos logré que me dejara no sin pocas magulladuras y heridas.
Me han dicho que volveré a encontrarlo, sin duda, y que hasta que no lo venza
no podré continuar hacia adelante.
Así que me estoy armando con cuchillos y lanzas, para que la próxima vez, cuando
durante una fría noche de nuevo ataque el tigre, poderlo dejar sin vida.
Me apena que deba ser así, que la vida de uno dependa de la muerte del otro. El miedo
y la inquietud son buenos compañeros. Cuando el miedo muera la inquietud por la vida
se irá con él, y con ellos, también la juventud.
Pero seguramente, cuando derrote al tigre, otra amenaza vendrá que tendré que derribar.
Anoche me atacó un tigre mientras dormía. Después de pelear con él durante
algunos segundos logré que me dejara no sin pocas magulladuras y heridas.
Me han dicho que volveré a encontrarlo, sin duda, y que hasta que no lo venza
no podré continuar hacia adelante.
Así que me estoy armando con cuchillos y lanzas, para que la próxima vez, cuando
durante una fría noche de nuevo ataque el tigre, poderlo dejar sin vida.
Me apena que deba ser así, que la vida de uno dependa de la muerte del otro. El miedo
y la inquietud son buenos compañeros. Cuando el miedo muera la inquietud por la vida
se irá con él, y con ellos, también la juventud.
Pero seguramente, cuando derrote al tigre, otra amenaza vendrá que tendré que derribar.
jueves, junio 02, 2005
Distancia y tiempo
La revolución de la proporcionalidad entre energía, masa y velocidad ya ha pasado.
El nuevo teorema entre la proporcionalidad entre el tiempo y el espacio se erige como
principio universal psicológico.
Cuanta más distancia, menos te veo; y cuanto menos te veo más lento el tiempo pasa. Pero
no es así de sencillo. Cuanto más lento el tiempo pasa, más corren los años. Se trata
de un sistema de ecuaciones sin solución, y estoy intentando inventar una matemática que
lo resuelva. Se basará en la duplicidad del tiempo, del espacio y de la persona.
El espacio determina dimensiones distintas en las que vivimos ubicuamente. Por lo tanto
una persona vive enésimos tiempos, en enésimos lugares. Sólo bajo la confluencia de
esas n-dimensiones se puede definir el ser.
Tú eres aquí y allí. Aquí llevas diez días conmigo. Allí han pasado años. Mientras
aquí has envejecido solamente unos días, allí has vivido una vida.
Las equis, las ies y las zetas se mezclan con las tes y no logro resolverlo. Nunca fuí
un buen matemático. Eso sí, el sistema es sencillo si hago tender la distancia a cero.
Recordando mis días en la universidad he introducido todas las ecuaciones en el ordenador.
El procesador ha estado días calculando arrojando al fin un gráfico: extrañamente,
se trataba de un corazón. Quebrado.
La revolución de la proporcionalidad entre energía, masa y velocidad ya ha pasado.
El nuevo teorema entre la proporcionalidad entre el tiempo y el espacio se erige como
principio universal psicológico.
Cuanta más distancia, menos te veo; y cuanto menos te veo más lento el tiempo pasa. Pero
no es así de sencillo. Cuanto más lento el tiempo pasa, más corren los años. Se trata
de un sistema de ecuaciones sin solución, y estoy intentando inventar una matemática que
lo resuelva. Se basará en la duplicidad del tiempo, del espacio y de la persona.
El espacio determina dimensiones distintas en las que vivimos ubicuamente. Por lo tanto
una persona vive enésimos tiempos, en enésimos lugares. Sólo bajo la confluencia de
esas n-dimensiones se puede definir el ser.
Tú eres aquí y allí. Aquí llevas diez días conmigo. Allí han pasado años. Mientras
aquí has envejecido solamente unos días, allí has vivido una vida.
Las equis, las ies y las zetas se mezclan con las tes y no logro resolverlo. Nunca fuí
un buen matemático. Eso sí, el sistema es sencillo si hago tender la distancia a cero.
Recordando mis días en la universidad he introducido todas las ecuaciones en el ordenador.
El procesador ha estado días calculando arrojando al fin un gráfico: extrañamente,
se trataba de un corazón. Quebrado.