martes, septiembre 12, 2006
Frío
Frío, bajo la luz incandescente del sol. Piel sudando, evaporando esencias de mi pensamiento.
Frío. Cubierto de mil mantas, tiritando frente a la llama perenne de un fuego abrasador.
Frío. Vacío de emociones rodeado de mil expresiones de hilaridad en una tormeta de frustrada superficialidad.
Frío. Cuando el alcohol de diez botellas mece mis neuronas, batido del viento ebrio al dormir.
Frío. Hielo en mi corazón de un futuro idéntico, de una multitud de segundos vacíos por llegar.
Frío. En el abrazo. En la sonrisa. En el placer. En la amistad.
Frío al llegar a casa, al marcharme, al volver.
El frío se apodera de mí, de mi vida, de mi pasado, mi presente y mi futuro.
El mundo está congelado, los mares inmóviles, el aire saciado de devorar momentos.
Las gentes se repiten, los chistes se suceden, las carcajadas se eternizan y no siento sólo frío.
Que entra por debajo de la puerta, y por las ranuras de las ventanas y tras el apretón de una mano desconocida, que saluda a alguien que no soy yo.
Los árboles han perdido todas sus hojas. Las mariposas ya sólo son gotas heladas en el aire suspendidas ingrávidas en el noche.
El aire helado llena mis pulmones y vuelve a salir en forma de vapor cristalizado que se agarra a mi piel.
El frío me devora, metáfora de un tiempo errático que transcurre impertérrito, blanqueando mis sienes, agrietando mi frente, aflojando mi vista.
Y me pierde. El frío me confunde y no me deja ver. Dónde estaban aquéllas cálidas sensaciones de ilusión.
El frío me atenaza, me envuelve, no me deja escapar y como un loco lucho por cubrirme más y más, por encontrar el viejo calor, por volver a enrojecer mis mejilas, a palpitar, a correr con fuerza.
Este frío polar, esta vacuidad, este sinsabor del todo, esta lejanía hacia el mundo. Esta corriente que me traslada. Esta indecisión perpertua.
El último día. El frío solidificará mis músculos, mi sangre, mis ojos, y cuando mis ojos sólo entrevean bajo una telaraña la realidad, la muerte me llevará de nuevo al inicio.
Al calor, a la antigua necesidad de caminar y descubrir. De conocer y respirar. De abrazar lo nuevo como tal.
Entonces, sólo entonces, seré de nuevo yo. El que quiero y no el que soy. El que late dentro de mí. El yo calor de vida.
En Göteborg, el 24 de Noviembre de 2006
Frío, bajo la luz incandescente del sol. Piel sudando, evaporando esencias de mi pensamiento.
Frío. Cubierto de mil mantas, tiritando frente a la llama perenne de un fuego abrasador.
Frío. Vacío de emociones rodeado de mil expresiones de hilaridad en una tormeta de frustrada superficialidad.
Frío. Cuando el alcohol de diez botellas mece mis neuronas, batido del viento ebrio al dormir.
Frío. Hielo en mi corazón de un futuro idéntico, de una multitud de segundos vacíos por llegar.
Frío. En el abrazo. En la sonrisa. En el placer. En la amistad.
Frío al llegar a casa, al marcharme, al volver.
El frío se apodera de mí, de mi vida, de mi pasado, mi presente y mi futuro.
El mundo está congelado, los mares inmóviles, el aire saciado de devorar momentos.
Las gentes se repiten, los chistes se suceden, las carcajadas se eternizan y no siento sólo frío.
Que entra por debajo de la puerta, y por las ranuras de las ventanas y tras el apretón de una mano desconocida, que saluda a alguien que no soy yo.
Los árboles han perdido todas sus hojas. Las mariposas ya sólo son gotas heladas en el aire suspendidas ingrávidas en el noche.
El aire helado llena mis pulmones y vuelve a salir en forma de vapor cristalizado que se agarra a mi piel.
El frío me devora, metáfora de un tiempo errático que transcurre impertérrito, blanqueando mis sienes, agrietando mi frente, aflojando mi vista.
Y me pierde. El frío me confunde y no me deja ver. Dónde estaban aquéllas cálidas sensaciones de ilusión.
El frío me atenaza, me envuelve, no me deja escapar y como un loco lucho por cubrirme más y más, por encontrar el viejo calor, por volver a enrojecer mis mejilas, a palpitar, a correr con fuerza.
Este frío polar, esta vacuidad, este sinsabor del todo, esta lejanía hacia el mundo. Esta corriente que me traslada. Esta indecisión perpertua.
El último día. El frío solidificará mis músculos, mi sangre, mis ojos, y cuando mis ojos sólo entrevean bajo una telaraña la realidad, la muerte me llevará de nuevo al inicio.
Al calor, a la antigua necesidad de caminar y descubrir. De conocer y respirar. De abrazar lo nuevo como tal.
Entonces, sólo entonces, seré de nuevo yo. El que quiero y no el que soy. El que late dentro de mí. El yo calor de vida.
En Göteborg, el 24 de Noviembre de 2006