viernes, diciembre 22, 2006
Volviendo
Cuando vuelves metes pocas cosas en la maleta; en casa ya hay de todo.
Cuando vuelves todo empieza a oler a casa, la gente sonríe al pasar.
Cuando vuelves, el aire mueve tus cabellos, el vino sabe a ron.
Volviendo el viaje se hace largo, la despedida corta.
Volviendo el sol ilumina incluso detrás de la gris monotonía.
Volviendo merece la pena el tiempo lejos.
E imaginas el bullicio de las calles, el alboroto de tu idioma en el tren.
Imaginas la piel como la tuya, el vino en el bar, el humo al pasar.
Imaginas un "gracias".
Imaginas el abrazo en la estación y esa mano que agarra tu maleta.
El jamón recién cortado, junto al queso, esperando a ser devorado.
El calor del fuego en la bodega, y un buen cubata con hielos.
Cuando vuelves tu país no es tu país sino tu gente.
Porque no se echa de menos un país, se echa de menos un sol,
una manera de sonreír, de beber, de comer.
Se echa de menos el olor y el sabor de las cosas cotidianas,
el pan recién hecho, el vino, la luz un viernes después de trabajar,
una ensalada con lechuga y tomate; una buena paella.
Se echa de menos la familia que siempre te espera,
los amigos con un abrazo guardado desde meses.
Los chistes de siempre, las eternas discusiones políticas sin sentido.
La gente borracha, el carajillo de las diez y el bocata del almuerzo.
Se echa de menos una guitarra en una esquina,
y esa música infernal en el bar de tu pueblo.
Y también esas buenas canciones que te traen buenos y malos recuerdos.
Y que te llamen por tu nombre,
y que recuerden las mismas cosas que tú del pasado,
las mismas series, las mismos programas de TV, los mismos problemas.
Sin embargo, cuando vuelves, parece que la marcha siempre ha tenido sentido,
aunque sólo sea,
por echar todo esto de menos.
(Tras más de cuatro meses fuera de casa; Göteborg, Diciembre 2006)
Cuando vuelves metes pocas cosas en la maleta; en casa ya hay de todo.
Cuando vuelves todo empieza a oler a casa, la gente sonríe al pasar.
Cuando vuelves, el aire mueve tus cabellos, el vino sabe a ron.
Volviendo el viaje se hace largo, la despedida corta.
Volviendo el sol ilumina incluso detrás de la gris monotonía.
Volviendo merece la pena el tiempo lejos.
E imaginas el bullicio de las calles, el alboroto de tu idioma en el tren.
Imaginas la piel como la tuya, el vino en el bar, el humo al pasar.
Imaginas un "gracias".
Imaginas el abrazo en la estación y esa mano que agarra tu maleta.
El jamón recién cortado, junto al queso, esperando a ser devorado.
El calor del fuego en la bodega, y un buen cubata con hielos.
Cuando vuelves tu país no es tu país sino tu gente.
Porque no se echa de menos un país, se echa de menos un sol,
una manera de sonreír, de beber, de comer.
Se echa de menos el olor y el sabor de las cosas cotidianas,
el pan recién hecho, el vino, la luz un viernes después de trabajar,
una ensalada con lechuga y tomate; una buena paella.
Se echa de menos la familia que siempre te espera,
los amigos con un abrazo guardado desde meses.
Los chistes de siempre, las eternas discusiones políticas sin sentido.
La gente borracha, el carajillo de las diez y el bocata del almuerzo.
Se echa de menos una guitarra en una esquina,
y esa música infernal en el bar de tu pueblo.
Y también esas buenas canciones que te traen buenos y malos recuerdos.
Y que te llamen por tu nombre,
y que recuerden las mismas cosas que tú del pasado,
las mismas series, las mismos programas de TV, los mismos problemas.
Sin embargo, cuando vuelves, parece que la marcha siempre ha tenido sentido,
aunque sólo sea,
por echar todo esto de menos.
(Tras más de cuatro meses fuera de casa; Göteborg, Diciembre 2006)