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miércoles, marzo 29, 2006

El puzzle de mi yo destruído (continuación)

Porque de qué sirve un puzzle si nadie lo ve, si nadie lo disfruta. Hasta qué punto son bellas las cosas que nadie contempla. Es lo nuevo bello en sí mismo o bello porque es nuevo.

Así que me lancé en tu búsqueda. Pero no sabía cómo eras. Vegetal o animal, roja o verde, hombre o mujer. O tal vel fueras simplemente aire, que mezca mis cabellos suavemente, que reconforte mi sala de estar.

En esta ocasión, y ante mi confusión, decidí pues esperarte. Y ya que la espera podía ser larga, tal vez eterna, me postré frente al mar en mi vigilia.

Por la noche, cuando ya mis ojos se cerraban empujados con cadenas de cansancio, la marea comenzó a subir. Estaba tan cansado que cuando mis pies empezaron a ser empapados de salada agua no pude ni moverme. El agua siguió subiendo, pronta a devorarme, como aprovechando mi derrota. Y llegó a mi cintura y luego a mi cuello y después a todo mi cuerpo.

Sin embargo, yo no podía despertar. Era tan fuerte el sueño que seguía dormido dentro del mar. Las corrientes me trasladaron primero por este Mare Nostrum, tras ello por oceános lejanos, por tórridas y suaves corrientes, luego por gélidos y violentos mares. Y allí me depositó, en una play de hielo, bajo un cielo azul.

Si no hubiera sido por aquel pequeño esquimal creo que aún estaría allí, esperando, desnudo en e hilo, tal vez inerte. Sin intercambiar palabra alguna, pero cómplices de algún modo, me invitó a s trineo y en él, arrastrados por seis fornidos perros me portó a la cima del mundo. Justo al polo. Y se fué.

En ese momento me dí cuenta de que allí no había absolutamente nada. Sólo dos colores. El blanco del hielo debajo y el azul del cielo arriba. Curiosamente no sentía frío, ni calor y el aire no se movía. Entonces empezó a suceder. Empecé a notarlo de forma muy poco evidente pero poco poco comenzó a ser claro. El mundo encogía a mis pies. Primero sentí como se curvaba y se curvaba, hasta que se convirtió en una pequeña pelota donde no me podía ni sostener en pie.

Y lo tomé en mis manos y lo miré. No se podían ver los continentes, ni las montañas, ni los lagos ni los mares, sólo una sonrisa se dibujaba en él. No era más que una pelota azul con una gran carcajada que lo llenaba. Reí yo también, tanto, tanto, que todavía no he parado.

Él era mi compañero de viaje, el que siempre me seguiría y me orientaría, el que me dictaría el camino a seguir. El mundo se me mostraba como amigo y amante, y se reía de mí. ¿Por qué?, le pregunté. Y me contó una larga historia.

Me contó que cuando...

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