domingo, agosto 26, 2007
Por qué será que cuando duermo frente al río sueño con el mar,
que los pinos secos me recuerdan a las palmeras,
y el fresco de la mañana despierta la añoranza de los sudores levantinos.
Será que una canción siempre suena allá donde no la podemos escuchar.
Será que nos falta el aire que no podemos respirar.
Será que los viajeros no pertenecemos ya a ningún lugar,
y desterrados en la tierra de nadie,
estamos destinados a llorar todos los sitios donde no estamos, y
sólo poder acariciar la felicidad de la estancia a la cual ajenos somos.
Sólo sé que me siento Sueco en España,
y Español en Suecia. Italiano en Francia y Francés
en Italia. Vasco en Valencia y
Valenciano en Bilbao.
Extranjero en mi tierra. Marciano en mi pueblo.
Extraño en mi familia.
Y el agua me sabe rara, y no entiendo el idioma de
mi familia y amigos.
Será que cuando te marchas la primera vez ya no vuelves nunca más.
Porque ya no vuelve aquél que se marchó, sino otro. Otro que extraña
la comida que antes era de siempre, al que faltan las cosas que nunca ha
habido, al que le duelen las palabras cotidianas.
Será que cada lugar deja en ti su sabor y ya configuras un pensar irrepetible
que no encuentra su horma en ninguna tierra, sino en todas.
Será que los viajeros somos de todos los lugares y de ninguno, y que sólo
nos sentimos en casa en los aeropuertos, en las estaciones, perdidos en las
calles desconocidas de un país extraño, donde nadie habla nuestra lengua y
sin embargo todos nuestro idioma.
Será que existe sólo un camino hacia delante, y ninguno hacia atrás. Que no
se puede volver aunque queramos, y que ya siempre, siempre, echaremos de
menos el viento de Méjico, el queso de Italia, las montañas de Suiza, la paella
de Valencia.
Y cada viaje introducirá aún más el vicio de no parar, de no poder parar.
Y al mismo tiempo crecerá la desazón al estar quieto.
Desdichados nosotros, que ya sólo encontraremos descanso en el camino y familia en los que nos acompañan en el viaje. Menos mal, que siempre existirá camino y horizonte que perseguir. Que siempre vendrás de mi mano y yo de la tuya tras lo desconocido, que es lo conocido. Porque vivimos en el viaje, y el viaje no es más que nuestra vida. Y no existe destino sino sólo un paso más.
Menos mal que estás tú, y ese nuevo día que reír, esas palabras que aprender y ese nosotros que descubrir.
que los pinos secos me recuerdan a las palmeras,
y el fresco de la mañana despierta la añoranza de los sudores levantinos.
Será que una canción siempre suena allá donde no la podemos escuchar.
Será que nos falta el aire que no podemos respirar.
Será que los viajeros no pertenecemos ya a ningún lugar,
y desterrados en la tierra de nadie,
estamos destinados a llorar todos los sitios donde no estamos, y
sólo poder acariciar la felicidad de la estancia a la cual ajenos somos.
Sólo sé que me siento Sueco en España,
y Español en Suecia. Italiano en Francia y Francés
en Italia. Vasco en Valencia y
Valenciano en Bilbao.
Extranjero en mi tierra. Marciano en mi pueblo.
Extraño en mi familia.
Y el agua me sabe rara, y no entiendo el idioma de
mi familia y amigos.
Será que cuando te marchas la primera vez ya no vuelves nunca más.
Porque ya no vuelve aquél que se marchó, sino otro. Otro que extraña
la comida que antes era de siempre, al que faltan las cosas que nunca ha
habido, al que le duelen las palabras cotidianas.
Será que cada lugar deja en ti su sabor y ya configuras un pensar irrepetible
que no encuentra su horma en ninguna tierra, sino en todas.
Será que los viajeros somos de todos los lugares y de ninguno, y que sólo
nos sentimos en casa en los aeropuertos, en las estaciones, perdidos en las
calles desconocidas de un país extraño, donde nadie habla nuestra lengua y
sin embargo todos nuestro idioma.
Será que existe sólo un camino hacia delante, y ninguno hacia atrás. Que no
se puede volver aunque queramos, y que ya siempre, siempre, echaremos de
menos el viento de Méjico, el queso de Italia, las montañas de Suiza, la paella
de Valencia.
Y cada viaje introducirá aún más el vicio de no parar, de no poder parar.
Y al mismo tiempo crecerá la desazón al estar quieto.
Desdichados nosotros, que ya sólo encontraremos descanso en el camino y familia en los que nos acompañan en el viaje. Menos mal, que siempre existirá camino y horizonte que perseguir. Que siempre vendrás de mi mano y yo de la tuya tras lo desconocido, que es lo conocido. Porque vivimos en el viaje, y el viaje no es más que nuestra vida. Y no existe destino sino sólo un paso más.
Menos mal que estás tú, y ese nuevo día que reír, esas palabras que aprender y ese nosotros que descubrir.