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domingo, noviembre 11, 2007

El milagro

Con los párpados ocultando sus pupilas sin despertar, todavía somnolienta, se estiraba suavemente tras nueve meses de oscuridad. Movía sus pequeñitos dedos, sus pequeñitas piernas, como intentando adivinar cómo era aquello de la vida.

Tan pequeña, asió sin embargo mi dedo índice con fuerza. Su mano casi sólo llegaba a tomar la parte de la uña. Desvalida, inocente e ignorante parecía aún no poderse lanzar a este desconocido mundo... aún tenía que abandonar el sueño del bebé.

La potencia de los sentimientos que un recién nacido inspira es sólo comparable, en negativo, a la de la tristeza que evocan guerras y calamidades. Y yo nunca había sentido esa fuerza pero en positivo. Se trata del milagro de la vida. De un nuevo ser humano que devorará el mundo. Que crecerá, estudiará, leerá. Que se enamorará y llorará. Que viajará tal vez más que ninguno de nosotros. Que verá cosas cuando nosotros ya no existamos.

Y es como darle el relevo. Como decir: nosotros hemos hecho lo que hemos podido, hemos intentado exprimir el jugo de la vida al máximo, hemos intentado construir un presente mejor. Ahora, te toca aquí. Y te gustaría decirle tantas cosas, que no obstante son indescriptibles, y que sólo ella, cuando las viva, las descubrirá.

El milagro de la vida continúa. Hoy he sido tío.

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