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sábado, enero 26, 2008

Qué bello

Qué bello el desayuno de hoy, con sus dulces y tiernas briosche, con ese café negro y caliente, con ese sol que entraba por la ventana. Qué bueno ese zumo de naranja recién exprimido y ese perfume a hierba cortada fuera.

Qué linda la mañana, con sus pájaros jugando en los parques, con el río limpio corriendo junto a mis pasos, con el camino tranquilo y los abuelos en el banco. Qué lindo el campo tan tranquilo, sereno, lejano a la locura del día en la ciudad.

Qué bueno el almuerzo tras el trabajo bien hecho. Las frutas frescas y el jamón recién cortado. La conversación con los padres y los hermanos, y el queso fuerte de Castilla. Qué bueno el descanso y la palabra, y la familia.

Cuán precioso es el atardecer, que pinta de añoranza todas las cosas. Única es la ciudad a esa hora, cuando ya todos esperan la noche y la cena, y las palomas ya yo revolotean locas, y parece que hasta los coches hacen menos ruido.

Me gusta también la noche, la música, las risas con los amigos de siempre, y con algunos nuevos. Y los libros frente a la luz de una lamparilla en soledad, y las pelis de Kusturika, y una dorada al horno. Y tantas otras cosas.

Sí, que bueno el amanecer y el atardecer, el día y la noche, el almuerzo y el desayuno. Qué placer es el leer y el reír. Qué pena, pero, vivirlas solo; qué peso, cada vez más grande vivirlas todas sin ti.

Hoy, la vida sin alguien al lado parece nada más que una mentira.

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